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Pez payaso

Me duelen las rodillas una barbaridad. Creo que hoy he llegado a soportar más de una tonelada de peso sobre ellas. No de golpe, claro. Si no, sería ya una medio-persona… Medio-persona, qué término tan limitante… sobre todo si es uno mismo el que se define así tras echar una ojeada a lo que ha sido su vida: una vida haciendo el payaso hasta la saciedad.

Así empecé: haciendo el payaso profesionalmente. Creía en el teatro y tenía claro que ése era mi camino, sin embargo los sueños chocan frontalmente con la realidad y cuando quieres darte cuenta, te has caído de la nube y te ves como yo me veo ahora mismo hoy día 24 de Diciembre vestido de Papá Noel: con dolor en las rodillas por haber soportado el peso de tanto niño que me dice a viva voz qué quieren que les deje al lado del árbol de Navidad. Me siento identificado con ellos: tienen ilusiones que aún no se han quebrado… la diferencia radica en que yo ya no soy un niño y en que todas la ilusiones que tenía han empezado ya a resquebrajarse como si fuese una costra de hielo sobre un estanque.

Supongo que ése es el drama de un payaso: muestra su máscara de sonrisa ante un público predispuesto a partirse de risa, pero en su interior está a punto de estallar en un millón de lágrimas de cocodrilo. Si ése público viese tal espectáculo de ‘lacrimotecnia’ se quedarían tan desancajados como yo, pero no entenderían ni remotamente qué es lo que ha pasado. Lo triste es que yo tampoco entiendo qué ha pasado y como he llegado a esto.

He llegado a pensar de todo: que soy estúpido y lo único que sé hacer es el estúpido, que terminé siendo payaso porque quería seguir siendo un niño, que esta maldita profesión es una excusa para no asumir responsabilidades que nos impone la sociedad como pagar una hipoteca, pedir un préstamo, trabajar ocho horas en una oficina… he pensado de todo para tratar de comprender qué es lo que me ha pasado y por qué me decidí por seguir este camino que, más que ser de espinas, parece estar poblado de guadañas que me desgarran el alma a cada paso que doy.

Recuerdo la primera vez que empecé a lamentarme por todo ésto: estaba a punto de salir a escena vestido del típico payaso en una función de niños. Me había montado un número del que me sentía especialmente orgulloso y había pensado en todos los detalles: poco texto para que fuese más impactante a nivel visual, prescindir de maquillaje excesivo para que los niños más pequeños no se asustasen, gags de todo tipo, sonidos grabados para dar intensidad al show… pues bien, salgo con la energía a tope dispuesto a dejarme hasta la vida en el escenario y…
… va un chaval y me lanza una piedra en toda la frente.

El show quedó relegado a diez minutos de payaso inconsciente en el suelo y lo siguiente que ése pobre infeliz recuerda es estar en una sala de espera en urgencias acompañado por padres que no hacían otra cosa que decir: “lo sentimos mucho”

Cuando llegué a casa (de mi madre, claro, los payasos no tienen hogar propio a juzgar por lo que cobran; os invito a comprobarlo) era cerca de la una de la madrugada y tenía otra función al día siguiente a la que no podía renunciar si quería cobrarla. Y es que así funciona el teatro: un actor/payaso/mimo no puede ponerse malo, ni romperse un brazo ni nada. Aquí no tienes días de vacaciones ni baja laboral; buscan a otro y a correr. El teatro no es desagradecido, es un cabronazo sin escrúpulos ni sentido de la humanidad… qué ingenuo al no darme cuenta hasta que fue demasiado tarde.

Dios… qué dolor de rodillas, por favor. ¿Qué hora será? Oh… no puede ser, ¡quedan dos horas y media! Debo llevar seis horas oyendo un surtido de palabras que no van más allá de ‘pokémon’, ‘Spiderman’, ‘Lego’, ‘Playmobil’… ¿quién puñetas los llama ‘Playmobil’, ¡eran ‘Clicks’!… Madre de Dios, esa es otra: en esta profesión si te pones a pensar demasiado, es posible que se te acabe yendo la olla ad infinitum y más allá… A veces creo que mi vida se ha convertido en un sórdido híbrido que está entre Pepe Viyuela y Charles Bukowski.

En el fondo, siento miedo. Mucho miedo. Sé que no puedo seguir así durante mucho más tiempo y me siento dando vueltas como un hamster en su ruedecilla sin un rumbo. Es como si todo lo que supone hacer planes a largo plazo hubiese desaparecido de mi vida. Lo triste es que he sido yo solo el que no para de correr como pollo sin cabeza… qué inconsciente e ingenuo he sido.

Es increíble… diez años invertidos en tratar de no ser yo, en ser otro, quizá para no crecer tan rápido. Diez años aprendiendo a “hacer de otro”, tal vez en un absurdo afán de no querer ser yo mismo. Diez años en que el inexorable paso del tiempo ha hecho que se caigan todas esas máscaras y lo que veo ahora es …
… al mismo payaso idiota de siempre.

Lo peor de todo es que cuando acabe estos diez minutos de descanso que ya se me acaban, volveré a enajenarme mentalmente creyendo que soy Papá Noel. ¿Y después? Lo más probable es que tenga otra vez esta misma reflexión que cíclicamente se repite día tras día… y encima con un dolor de rodillas mayor.

Se cierra el telón.

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Antes era un payaso mercenario a sueldo de la mejor compañía de teatro. Un buen día cambié la nariz roja por un teclado. Ahora, bueno... sigo siendo un payaso, y trato de hacerte reír con mis palabras, creo que en realidad nunca me quité la nariz roja. La vida es demasiado corta como para tomársela tan en serio, ¿no crees?

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