El delirante mundo de las reformas, las prostitutas y el alcohol

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historia reforma casa y piso

“La realidad siempre supera la ficción”

Eso dice un antiguo proverbio popular humano.

Hay historias a las que cuesta darles credibilidad. La reacción suele ser de “me estás tomando el pelo” o de “éso sólo pasa en la películas”.

El relato que sigue a continuación es un claro ejemplo de este tipo de historias que parecen rozar la ficción y alcanzar el grado de leyenda urbana, pero en cualquier caso es tan cierta como que me llamo Mario.

De todas las historias que me han contado a lo largo de mi vida, creo que esta se lleva el Óscar a la más disparatada que ha llegado a mis oídos. Sin embargo, ahora experimento ese curioso efecto de cuando te cuentan algo y empiezas a escuchar relatos parecidos por todas partes como cuando te compras un modelo de coche y de repente parece como si vieses ese mismo modelo por todas partes (lo que implica que nuestra percepción es deliberadamente selectiva con lo que nos impresiona)

Las siguientes (y delirantes) palabras vienen de las vivencias de un buen amigo que un día, entre cañas y tapas, me la contó dejándome con los ojos como platos.

Hace mucho tiempo, en un día de verano de los noventa…

Hacía un calor de mil demonios y mil infiernos. Las chicharras comenzaban a pegarse a los árboles y cualquier sitio con sombra era como un oasis en medio del desierto.

Los días y las noches ya empezaban a oler a vacaciones de mar, chiringuitos de playa, crema solar factor dos millones y pescaíto frito.

Como todo madrileño cosmopolita que se precie, yo estaba a punto de cargar a mi familia y las maletas en el coche rumbo a la costa levantina; enclave habitual de nuestras vacaciones de verano. Tras un año movidito en el que había sido ascendido, me dije:

“olé tus cohones, ´illo: te lo merese”

La mayor inversión de mi vida, mi casa

Si, lo se. Soy un poco chapado a la antigua y la mayor ilusión de mi vida era comprarme una casa.

Antes, todo ascenso implicaba unos ingresos mayores (benditos noventa..) y eso me abría puertas a la mayor inversión de la que se podía hacer gala en aquellos tiempos: comprar la casa de tus sueños. Habíamos estado esperando que llegase ese momento durante años y años de sacrificios y ahorros: Era nuestra recompensa y la mayor de nuestras apuestas.

  • Nuestro sueño tenía las siguientes características:
  • Cinco habitaciones
  • Cuatro baños repartidos en cuatro plantas del chalet
  • 300 m2 de zona ajardinada con una barbacoa americana de proporciones épicas
  • Un garaje de tres plazas
  • Y piscina propia.

Aún recuerdo la sensación que me producía imaginarme esa casa y se me pone la piel de gallina. Los que hayáis comprado una casa por primera vez comprenderéis los sentimientos que uno derrocha cuando ves que la idea se hace realidad, ya que el paso del dicho al hecho es enorme y no dejas de revolverte en la cama cada noche sin parar de pensar en “mi casa” (ft. ETE).

Mi casa… son dos palabras tan serias, ¿verdad?. Son dos palabras que invitan a entrar en “ese mundo de los adultos” en el que jamás pìensas siendo un crío.

Es curioso, porque mi imaginación empezaba a volar como la de un niño: “decoraré el salón así”, “organizaré el jardín asá”, “tendré esto aquí y esto otro allá”… En definitiva: te ves envejeciendo en la morada perfecta y con una vida perfecta.

Todo iba como la seda y como eran tiempos anteriores a la burbuja y la crisis…¡la casa nos salió por una ganga! Por aquel entonces, nos costó 20 millones de pesetas y hoy está valorada en más de 500.000€ (ay, cómo te echo de menos, peseta mía).

Y es que nos salió tan barata que el plan de reformar aquello que nos convenciese en un período de tres años, era algo que lo íbamos a hacer “a la de ya”. ¡Claro! ¿Para qué esperar más si teníamos el dinero?

Además, estaba todo calculado:

Con lo que teníamos ahorrado y con los sueldos que teníamos mi mujer y yo, podíamos pagar todo en menos de diez años.

Sólo quedaba encontrar a alguien que se hiciese cargo de la reforma y qué diantre; eso tendría que ser fácil, ¿no?.

Bien es cierto que eran los noventa: aún estaba de moda “El príncipe de Bell-Air y no había internet. No era como ahora, que con dos “clicks” tienes toda la inforrmación de cualquier empresa, opiniones de usuarios, etc. Eran tiempos del “boca a boca” o de tirar de ese ladrillazo en peligro de extinción llamado “Páginas Amarillas”.

Después de mucho buscar y buscar, decidí dejarme aconsejar por un amigo al que le acababan de terminar una reforma y en una cena organizada en su casa, pude ver que el resultado se acercaba a lo que yo andaba buscando. No me lo pensé ni un segundo más, le pedí el número de teléfono a mi colega y al día siguiente llamé para conocerles.

La impresión que me dieron fué más que buena. Eran un grupo de treintañeros españoles que habían decidido apostar por su propia empresa en esto de las reformas: me informaron amablemente de cada detallito y me dieron tan buen rollo que decidí dejar en sus manos mi proyecto de vida.

Empieza la obra y mis vacaciones

Acordé con la empresa de reformas que empezarían el 1 de Agosto, día en que yo me iría a la playa de vacaciones. Para cuando volviese, estaría todo listo para colocar los muebles y obrero reforma casaempezar a vivir en la casa que siempre había soñado.

El plan era perfecto: no me tragaría ni ruidos, ni polvo ni nada de nada. Sería como ir a un restaurante de lujo, pedir tu plato preferido, ir al baño a echar un pipí y volver a la mesa sólo para descubrir que ése delicioso plato ya te está esperando recién hecho.

En ése sentido, yo ya lo daba todo por hecho y no quería saber mucho más que lo que me contaba mi hermana por teléfono cada dos o tres días con respecto a cómo iba yendo la cosa.

Al principio me contaba maravillas: “¡Hay que ver cómo trabajan éstos señores! Eso si, beben como buenos obreros, ¡menudas pilas de latas vacías cada día!”. Y yo, inocente de mí, le replicaba: “Bueno, muchos obreros beben cual Ebro desbordado, todo va de maravilla”.

Sin embargo, las siguientes llamadas me revelaban información de lo más extraña. Mi hermana me contaba que de vez en cuando aparecían mujeres vestidas de una manera un tanto “sugerente” afirmando ser las mujeres de los currantes que les traían la comida que se habían dejado olvidada.

Bueeeno, tampoco había nada de malo en eso ¿verdad?

Pero cuando el “síndrome de la comida olvidada” era generalizado entre todos los obreros y recurrente día tras día, uno empieza a notar que algo huele raro. Pero como confías en que todo va a salir bien (porque quieres que todo salga bien), pues piensas que no hay nada de malo en que los obreros fuesen olvidadizos con su almuerzo diariamente. Digamos que lo dejas estar (al fin y al cabo, yo estaba de vacaciones).

No obstante, los sucesos extraños iban a ir en aumento…

Pasada ya una semana, me cuenta mi hermana que los vecinos se encontraban inmersos en un curioso “expediente x“: parece ser que a altas horas de la noche sonaba música algo movidita y las pesquisas que habían realizado les llevaba a sospechar que el origen estaba en mi casa… pero, ¿cómo iba a ser mi casa? ¡Si estaba en obras! ¿Estamos locos o qué?. Quizá no le dí la importancia que merecía, pero el caso es que no me dejé llevar por “rumores”; los vecinos debían estar equivocándose de casa.

Entonces, qué casualidad, me llaman del curro diciéndome que me tengo que encargar personalmente de un asunto que no podía esperar y del que no podía librarme. En fin, como ningún curro es perfecto, me tocó sentarme al volante, meter primera, segunda, etc y tirar millas rumbo Madrid para solucionar el entuerto. De todos modos, en tres horas estaba en la ofi, haría lo que tenía que hacer y luego volvería sobre mis propios pasos para reencontrarme de nuevo con mi mujer, la playita, el pescaíto frito y demás mandangas veraniegas.

Decidí salir muy pronto (mi mujer no lo soporta, pero a mí me gusta madrugar cuando tengo cosas pendientes que hacer). A las 5.00 a.m ya estaba al volante para llegar a la ofi a primera hora. Sin embargo, en esa soledad reflexiva de conductor de madrugada, no dejaba de darle vueltas al tema de la casa y a todo lo que me había ido diciendo mi hermana con respecto a los “extraños sucesos”. Fue entonces cuando definitivamente empecé a sentir que tenía la mosca detrás de la oreja y en un acto impulsivo por controlar que todo iba perfecto, decidí que antes de pasar por la oficina, echaría un vistazo a la obra. ¿Era eso desconfiar? Pues no lo sé, pero tenía la imperiosa necesidad de comprobar que “mi criaturita” estaba en las mejores manos.

Eran las 7:45 cuando llegué a la zona residencial de mi futuro hogar y … wow… de lejos se apreciaba un trabajo que me encantó, la verdad. Sonreí, aparqué y me acerqué.

“¿Ves? Todo va maravillosamente” me dije.

Sin embargo, al aguzar el oído, noté que me llegaba una especie de sonido percutivo apagado. Sin duda era música. Mi sorpresa fue que, tal y como habían deducido los vecinos, el origen estaba en mi casa. ¿Qué demonios estaba pasando allí?

A medida que me acercaba empecé a tener una sensación desagradable en la boca del estómago cuando vi la enorme cantidad de latas de cerveza, cajas de pizza y basuras varias que decoraban alegre y aleatoriamente los lindes de mi parcela.

¡Jamás había visto tanta mierda acumulada!

Lo peor era que a cada paso que daba empezaba a distinguir risas, gritos y jolgorio.

¡Sin duda, aquello era un fiestorro del copón!

O una peli de Robert Rodríguez, porque lo que estaba a punto de presenciar iba a ser la escena más surrealista que he presenciado en mi vida. El recibidor estaba plagado de más latas de cerveza y más basura aquí y allá (al menos estaba metido en bolsas) y la escalinata que separaba la entrada del salón estaba “adornada” con botellas de whisky vacías, colillas, vasos de plástico y… ¿es eso un tanga? ¿y qué es ese extraño fluido pegajoso que acabo de pisar?

Llegué a la puerta del salón y antes de abrirla me llegó un buen bofetón de algo que parecía oler a marihuana.

Entonces tomé aire y abrí la puerta:

Lo que se supone que iba a ser mi salón (que por cierto, tenía un acabado perfecto) parecía uno de esos bares de con barra americana poblado de borrachos que vitoreaban a una chica que estaba sobre la mesa bailando al son de la música mientras se desprendía sugerentemente de todas las prendas de su indumentaria. Por aquí y por allá, había otros tipos que hacían sus cosillas con otras chicas sensualmente vestidas y digo vestidas por decir algo, estaban más ya en el tema que otra cosa.

La verdad es que no quise fijarme en muchos detalles, pero creo que no había chicas para todos y algunos jugaban a “los tres mosqueteros”.

Me sentía como Paco Martínez Soria en una bacanal griega de proporciones titánicas y permanecí en esa tesitura hasta que la música cesó bruscamente, ya que uno de los borrachos se había percatado de mi presencia.

Omitiré los detalles de lo que siguió después porque creo que perdí un poco los estribos.

Hablemos queridos obreros, hablemos

Baste decir que dos días más tarde mi mujer y yo ya estábamos en Madrid y decidimos tener una conversación muy seria con el jefe de obra y algunos de sus sicarios.

Colocamos unas cuantas sillas en el garaje y uno a uno fueron entrando los responsables que habían estrenado mi hogar de manera tan peculiar (ahora mis hijos se descojonan con esta historia y me piden que la repita cada año en la cena de Navidad, pero en aquel momento me preguntaba que impronta dejarían estos hedonistas sucesos en las paredes de mi hogar)

La escena fue un poco Tarantinesca (lo admito, siento una profunda devoción por las referencias cinematográficas) y yo estaba de unos humos que podría haber gritado la palabra “fuck” 387 veces antes de pestañear una sola vez.

-Bueno- dije al final- por lo visto alguien ha estado jugando a las enfermeras toda la noche

Hubo un silencio y los obreros bajaron la mirada casi al unísono. Sin embargo, como siempre hay algún gracioso que se sienta en la última fila, se oyó un “es que estábamos todos malitos” casi susurrado

Aquello fue ya el colmo

-¡Basta de bobadas! – grité

Miré fijamente al graciosillo y me acerqué a su silla. Puse mis manos en los reposabrazos y clavé mis ojos en su asustadiza mirada. El pobre muchacho parecía que se iba a escurrir por la silla hasta quedar desparramado por los suelos. He de admitir que nunca he ido de tipo duro en mi vida (no tengo ni media ostia consagrada) pero aquella ocasión me daba todas las papeletas para sacar mi vena de “Harry el Sucio”.

-A ver, listillo, porque tú eres el listillo del grupo ¿verdad? Dime ¿eres el listillo del grupo?- pregunté

No respondió nada.

-Lo que sospechaba- añadí- Pues bien, listillo… ¿puedo llamarte listillo? Claro que sí. Mira, para tí todo esto puede acabar con un final feliz o con un final trágico. En cualquier caso, el final siempre va a ser feliz para mí.

Me explico: después de ver que las paredes de mi casa están manchadas de sospechosas manchas cuyo origen no quiero conocer, después de haber visto que hay alguna baldosa rotas por aqui y por allá, y después de haber tenido que presenciar la escena más bizarra que he visto en mi vida en el salón de lo que iba iba a ser mi armonioso hogar; será un “final feliz” para tí y para mí si llegamos a un acuerdo. Pero será un “final trágico” para tí si no alcanzamos dicho acuerdo, porque entonces llamaré a la policía, tu empresa se irá a la mierda y podrás ponerte todo lo “malito” que quieras en algún calabozo. Te aseguro que esa opción implica un final “muy feliz” para mí. ¿Entiendes lo que quiero decir, listillo?

Entonces una voz sonó a mis espaldas.

-¡Lleguemos a un acuerdo!-

-Más vale que me convenza- contesté a la voz sin apartar la mirada del listillo.

El tipo que se había lanzado a que llegásemos a un acuerdo (al que llamé “avispado”) me dijo que si yo no denunciaba, repararían todos los daños esa misma tarde y me harían un descuento muy generoso. Además, dijeron que durante los primeros seis meses las “chapucillas” de menor impacto las llevarían a cabo totalmente gratis.

Me quedé pensativo un rato, mirando a aquella panda de señores hechos y derechos que tenían en la mirada a un chiquillo asustado que era consciente de haber hecho algo malo. El caso es que por aquel entonces, mi mujer estaba estaba embarazada de un mes y quizá por el hecho de que iba a ser padre, sentí compasión por aquellos “niños” que habían hecho una travesura. Por lo tanto, llamadme loco si queréis, acepté su oferta. Seguramente si hubiera denunciado, la obra me habría salido gratis y me hasta me habrían indemnizado, pero he de reconocer que me falta mala leche y, a pesar de los estragos de su fiestorro, el trabajo que habían realizado estaba en genral muy bien hecho y no quería hundir su empresa. Hay que saber valorar las cosas bien hechas en cualquier circunstancia y saber perdonar de vez en cuando.

¿Cosas que gané a raiz de esta experiencia?

Aunque parezca mentira, aquellos obreros me trataron como a un señor desde entonces y siempre que he necesitado llevar a cabo alguna reformilla he recurrido a ellos; tal vez sintieron que tenían una “deuda impagable” conmigo (además, ellos conocían la casa mejor que nadie).

Algunos de ellos se convirtieron en “casi amigos” a pesar de lo sucedido. Todos somos personas , ni malas ni buenas, simplemente personas.

Y desde luego, otra cosa que gané es una historia que contar, que acaba aquí.

El mundo de las reformas… sin duda, son algo más que reformas y, curiosamente, después que me sucediera ésto, han llegado a mis oídos relatos similares con detalles incluso más escabrosos…

…pero eso, es otra historia

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